Soy Alexa, ¿en qué puedo ayudarte?

Soy Alexa, ¿en qué puedo ayudarte?

Tengo debilidad por Amazon. Me parece una de las empresas más potentes del panorama corporativo actual. Factura más de 100 billones (americanos), su marca es una de las más valoradas por los consumidores y está en el top ten global de entidades con mayor capitalización bursátil. De hecho, se dice que puede ser la primera compañía cuyo valor supere el trillón –americano- de dólares.

¿Dónde reside su éxito? Es probable que su actitud frente al fracaso tenga algo que ver. Jeff Bezos, su fundador y actual CEO dice que es el mejor lugar del mundo para fracasar. Y no es una frase hueca. Amazon puede presumir de grandes tropiezos en su corta historia, incluyendo el desastre del Fire Phone, su apuesta para competir en el difícil mercado de los smartphones.

“Solo aquellos que se atreven a fracasar a lo grande pueden conseguir grandes cosas”. La frase de Robert F. Kennedy encaja como anillo al dedo al gigante de Seattle. Amazon empezó vendiendo libros online a mitad de la década de los 90 y se ha convertido la tienda más grande y variada del mundo y en el proveedor de servicios cloud de referencia, entre otros muchos logros dignos de mención. Su último éxito lleva por nombre Alexa y ha sido indiscutiblemente el producto estrella del último Consumer Electronics Show (CES) celebrado en Las Vegas hace unos días.

Alexa se presentó en 2014 como el asistente virtual de un altavoz cilíndrico llamado Echo. Las funcionalidades del aparato eran bastante limitadas en el primer momento: pedir información, hacer consultas, contar chistes, poner música y similares. Lo más interesante era la opción de comprar productos sin tener que interactuar con una pantalla o teclado. Amazon lo había vuelto a hacer: después del éxito comercial de su patente 1-Click, ponía a disposición de sus clientes un sistema de compra “no-click” todavía más simple, rápido, cómodo y accesible.

El planteamiento de Amazon era diferente del de Apple con Siri. En lugar de posicionarse “solo” el móvil del usuario, Alexa quería conquistar su casa y a toda su familia… La estrategia se ha demostrado acertada y Echo está presente en más del 4% de los hogares americanos. En cualquier caso, sus competidores no se han quedado atrás: Siri procesa más de 2.000 millones de comandos a la semana y el 20% de las búsquedas en Google en móviles americanos se ejecutan vocalmente. Parece que la voz puede convertirse en el interfaz universal como indica el profesor Enrique Dans.

Una decisión inteligente de Amazon fue abrir Alexa para intentar crear un ecosistema alrededor de su producto. No sólo eso sino que además ofrecieron un fondo de 100 millones de dólares a los desarrolladores, fabricantes y startups que aportaran ideas sobre cómo la tecnología de voz puede mejorar la vida de los consumidores. La apuesta está saliendo muy bien y Alexa puede llegar a ser el estándar de facto de la comunicación entre las personas y los dispositivos del internet de las cosas.

Como decíamos antes, multitud de empresas han anunciado en el último CES la compatibilidad de sus productos con el asistente de Amazon. La lista es interminable e incluye coches de Ford y Volkswagen, neveras de LG, el robot Lynk, lavadoras y secadoras de Whirlpool, aspiradoras de Samsung o smartphones de Huawei. Todos ganan: Amazon construye un ecosistema potente basado en su plataforma y las empresas consiguen que los clientes interactúen con sus productos de una forma mucho más natural.

¿Qué retos plantea Alexa desde el punto de vista jurídico?

La primera cuestión tiene que ver con la privacidad. ¿Cuánto sabe Amazon de nuestra familia? ¿Qué datos recoge y trata y por cuánto tiempo los conserva? ¿Alexa está siempre “escuchando” como se afirma en este artículo o solo cuando se invoca su nombre? ¿Podemos estar seguros de que no comparte la información con algún tercero? Es poco probable que lleguemos a tener una respuesta definitiva y fiable a todas las preguntas, sobre todo a la última de ellas. Las revelaciones de espionaje masivo de Edward Snowden, el más reciente caso de monitorización generalizada de coches (cartapping) y la vehemencia y agresividad de Donald Trump no invitan al optimismo.

De hecho, Amazon ya ha tenido que enfrentarse a un requerimiento formal en este sentido: la policía de Arkansas le ha pedido acceso a la información del Echo de James Bates para intentar esclarecer las circunstancias de un crimen cometido en su casa. El caso plantea interrogantes interesantes ¿Debe Amazon entregar la información solicitada? ¿Puede Echo/Alexa “declarar” en contra de su dueño? ¿Es una prueba válida en un juicio?

Por otro lado, hemos conocido recientemente que Alexa es tan sensible (y obediente) que hace caso a la voz de un presentador de TV que ordena la compra de casas de muñecas. El suceso tiene tintes cómicos pero revela que el comando de compra vía voz está activado por defecto y que Alexa no efectúa ninguna validación de la voz que le da las instrucciones lo que permite que cualquier persona que esté en nuestra casa (el profesor de inglés del niño, el fontanero que ha venido a hacer un arreglo o el portero que ha subido a ver la lectura de los contadores) o incluso que tenga acceso remoto a un dispositivo que incorpore Alexa, pueda hacer compras que se cargaran a la cuenta del propietario o acceder a sus correos electrónicos u otra información personal del dueño del aparato.

Quiero pensar que los aspectos referidos son defectos achacables a la novedad del producto y que Amazon irá mejorando las opciones de configuración y seguridad de Alexa para evitar estas cuestiones. Sería deseable además que ofreciera información detallada sobre los datos que trata y almacena para conseguir que los clientes puedan confiar en una tecnología que tiene el potencial de modificar la forma en que nos comunicaremos con los objetos cotidianos.

Foto del usuario de Flickr cogdogblog

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