Sobre la regulación de la inteligencia artificial (primera parte)

Sobre la regulación de la inteligencia artificial (primera parte)

El tema parece serio. Elon Musk ha sido el último en dar la voz de alarma. El mensaje, lanzado en la Convención Nacional de Gobernadores de EEUU, no podía ser más claro: la inteligencia artificial que es una “amenaza existencial” para la humanidad. En un sentido parecido se han manifestado expertos como Bill Gates, Stephen Hawking, Jack Ma o Nick Bostrom. Musk va más lejos y pide a los políticos que se involucren y regulen esta materia “antes de que sea demasiado tarde”.

El debate está servido. Mark Zuckerberg no comparte los comentarios del fundador de Testa y SpaceX y considera que su visión es negativa, apocalíptica e irresponsable y que la regulación “frenará el desarrollo de la inteligencia artificial”.  Enrique Dans tampoco está de acuerdo con que la solución sea legislar. En su opinión “reclamar regulación sobre una tecnología o conjunto de tecnologías antes de que se desarrollen es un problema. La regulación parte de una base muy problemática, y es que muy pocas veces se desarrolla de la manera adecuada, y tiende a basarse en la restricción de posibilidades”, lo cual es inadecuado y peligroso en el caso de desarrollos tecnológicos con tanto potencial, concluye Dans. El profesor de Mercatus Center, Adam Thierer, argumenta en esa misma línea en relación con las tecnologías disruptivas en su libro “Permissionless innovation

En mi opinión regular la inteligencia artificial como tal no tiene sentido. Hay que recordar que cuando hablamos de esta tecnología nos referimos a un conjunto de técnicas que intentar imitar la forma en la que los seres humanos pensamos y tomamos decisiones. Abarca múltiples entornos, desde los más cercanos como Siri, el traductor de Google o las recomendaciones de Netflix hasta los coches autónomos, pasando por chatbots para atención al cliente, programas de  ordenador que son capaces de revisar y generar contratos o roboadvisors, que asesoran y gestionan carteras de inversión. ¿Qué regulamos entonces?

Los partidarios de legislar esta materia ponen foco en dos grandes riesgos: la destrucción masiva de puestos de trabajo derivada de la robotización y automatización y el advenimiento de la llamada inteligencia artificial fuerte, aquella que -según los postulados de la Singularidad- será más inteligente que el ser humano y podrá poner en peligro nuestra especie.

En relación al primero de  los peligros, echo en falta un estudio serio sobre el impacto (real no presunto) de los robots y la inteligencia artificial en el mercado de trabajo. Es obvio que se están destruyendo puestos (lo vemos todos los días) pero también que se están creando otros que antes no existían y que muchas empresas tecnológicas no llegan a cubrir todas sus vacantes por falta de talento digital. Se habla y debate –muchas veces a la ligera- en los medios sobre nuevos gravámenes a los robots o sobre la necesidad de instaurar una renta básica  universal pero, insisto, no conozco informes que traten esta cuestión de un modo global y riguroso. Creo que regular una materia tan sensible sin tener la debida información sería una imprudencia.

En relación con el riesgo de que las máquinas amenacen el futuro de la raza humana, considero que también aquí es prematuro legislar. No es un peligro hoy, ni parece que pueda ocurrir en los próximos años. Muchos expertos cuestionan incluso que esa situación se vaya a producir. Lo que sí creo que es sensato es prestar atención al desarrollo de la técnica para intervenir en el caso de que se detecte un conflicto real y urgente. En este sentido, me parecen muy interesantes iniciativas como la del Parlamento británico de crear un grupo de trabajo abierto a todos los partidos para “explorar el impacto y las implicaciones de la inteligencia artificial, incluyendo el machine learning.” Ese es el camino. Seguir la evolución e intervenir cuando sea necesario y con conocimiento de la materia.

Para concluir quiero poner foco sobre un problema al que creo que no se le está prestando la suficiente atención: la inversión y el desarrollo de inteligencia artificial a nivel mundial se está llevando a cabo en EEUU y China y concretamente por parte de menos de una docena de compañías: Apple, Google, Amazon, Facebook, Microsoft, IBM, Baidu, Alibaba, Tencent, principalmente. ¿Y Europa? Ni está ni se la espera. Parafraseando la frase de mi amigo Javier Sirvent, podemos decir que EEUU inventa y actúa, China copia y aprende (cada vez más rápido) y Europa debate sobre estrategias y planes y legisla.

Y digo que es un problema porque el desarrollo de un buen sistema de inteligencia artificial requiere escala y una inversión tan colosal en tiempo y recursos que es difícil que haya otras empresas que puedan alcanzar el nivel de desarrollo que han conseguido las compañías mencionadas, lo cual implica en la práctica que todas las demás organizaciones (y Gobiernos) se van a ver obligadas a ir a modelos tipo AIaaS (Artificial Intelligence as a Service), es decir alquilar capacidad a una empresa que ha decidido por nosotros el diseño y las posibilidades y funcionalidades de una tecnología tan relevante y con tanta capacidad disruptiva como es la inteligencia artificial. ¿Un ejemplo? Telefónica, una de las mayores empresas tecnológicas del mundo ha necesitado a Microsoft para desarrollar su plataforma Aura.

Por seguir con el mundo de las telecomunicaciones, es como si únicamente existieran diez compañías de dos países que hubieran desplegado redes de comunicaciones y todos los demás que quisieran ofrecer servicios de telecomunicaciones en cualquier lugar del mundo solo pudieran revender lo que ofrecen aquellas. En teoría cualquiera podría desplegar una nueva red pero la escala que han alcanzado los incumbentes hace que esa opción no sea viable en la práctica.

En el próximo artículo daré otra visión sobre la regulación de la inteligencia artificial al hilo de un informe muy interesante del despacho Slaughter and May y ASI Data Science.

Foto del usuario de Flickr edenpictures

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