Riesgos de los avances científicos para el mundo jurídico

Riesgos de los avances científicos para el mundo jurídico

El desarrollo científico plantea innumerables cuestiones legales entre las que podemos citar sin ánimo de ser exhaustivos:

  • ¿A quién pertenecen las células del cordón umbilical? ¿Se pueden utilizar en bancos privados o públicos? ¿Qué limites establecemos?
  • ¿Cómo regulamos las distintas aplicaciones que se pueden dar a las células madre? ¿Aceptamos todas o sólo algunas?
  • ¿Autorizamos las nuevas técnicas para editar los genes de los embriones humanos?
  • ¿Permitimos el diagnóstico preventivo, es decir la posibilidad de diagnosticar una enfermedad antes de que ocurra?
  • ¿Qué hacemos con la información relevante que los médicos, muy a menudo, descubren sin buscarla – los llamados “hallazgos incidentales”?
  • ¿Admitimos los postulados de la eugenesia y permitimos que se tengan hijos sanos y “a la carta”?
  • ¿Cómo actuamos frente a los productos o servicios transgénicos, “las vacas locas”, el fracking o el supuesto peligro para la salud de las antenas de telefonía móvil?

La medicina, la ciencia y la tecnología avanzan en la mayoría de los casos sin esperar al derecho y no debemos olvidar que lo que pueden hacer, descubrir, provocar o implementar va muy por delante de lo que los reguladores y gobiernos son capaces de legislar, incluso simplemente de controlar.

De acuerdo con el profesor Esteve Pardo, los problemas que plantea la expansión de los nuevos desarrollos al derecho son fundamentalmente tres: la decisión sobre lo que se admite o no; el control de las tecnologías o avances científicos que previamente hayamos aceptado y la responsabilidad derivada de la aplicación de esas tecnologías o avances.

José Esteve Pardo es uno de los juristas que más ha estudiado el impacto de la incertidumbre en el mundo legal. Como explica en su libro El desconcierto del Leviatán, el derecho está librando un combate sin tregua frente a la incertidumbre. Pretende imponer su dominio y su sistema de certezas, pero sufre las acometidas de una incertidumbre y una complejidad que con frecuencia le desbordan. El libro es muy interesante y aborda en profundidad estos temas, incluida la cuestión de la responsabilidad y la aplicabilidad del principio de precaución.

El principio de precaución y su aplicación a los riesgos de los avances tecnológicos.

Según el profesor Sanz Larruga, el principio de precaución (o de cautela) nació en Alemania, a comienzos de los años setenta del siglo XX y ha llegado en la actualidad a convertirse en el paradigma de protección enarbolado por los grupos ecologistas.

La Declaración de Río de Janeiro de 1992 popularizó esta directriz jurídica al establecer que: “Con el fin de proteger el medio ambiente, los Estados deben aplicar ampliamente el criterio de precaución conforme a sus capacidades. Cuando haya peligro de daño grave o irreversible, la falta de certeza científica absoluta no debe utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces en función de los costos para impedir la degradación del medio ambiente”.

La aplicación de este principio de precaución se proyecta especialmente sobre los riesgos tecnológicos (los derivados de la actuación humana) para distinguirlos de los riesgos espontáneos de la naturaleza, sobre los que todavía existiría una incertidumbre acerca de sus efectos negativos tanto sobre los seres humanos como sobre el medio ambiente.

 De acuerdo con Ramón Alcoberro, lo que el principio de precaución propugnaría es:

  • No hacer correr a nadie riesgos inútiles por causas tecnocientíficas o medioambientales
  • Ante una incertidumbre, privilegiar siempre la hipótesis más pesimista
  • Cuando un peligro es inevitable e irreversible, trabajar para minimizar sus efectos
  • Ponderar equilibradamente los riesgos potenciales con los beneficios
  • Crear una conciencia social sobre las consecuencias de la tecnociencia y de las biotecnologías para el medio en su conjunto y para los individuos concretos en particular.
  • Exigir a los fabricantes que demuestren de manera fehaciente la idoneidad de sus productos tanto hacia el medio como a los consumidores, usuarios y trabajadores que los manipulan
  • Ofrecer información transparente sobre los riesgos, sin discriminar a nadie y sin crear situaciones de pánico o de angustia injustificados

Sanz Larruga puntualiza que, a diferencia del principio de prevención que se aplica en los casos en que hay certidumbre científica sobre los daños a la salud o al medio ambiente, la precaución se esgrime en los supuestos en los que no existe tal certeza (como por ejemplo el fracking o los transgénicos mencionados anteriormente).

El principio de cautela se recoge en el artículo 191 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea con el fin de garantizar un elevado nivel de protección del medio ambiente, mediante tomas de decisión preventivas en caso de riesgo.

Como recuerda la propia Comisión Europea, el recurso al principio de precaución debe guiarse por tres principios específicos: una evaluación científica completa que certifique, en la medida de lo posible, el grado de incertidumbre científica; una determinación del riesgo y de las consecuencias potenciales de la inacción; y la participación de todas las partes interesadas en el estudio de medidas de precaución, tan pronto como se disponga de los resultados de la evaluación científica o de la determinación del riesgo.

Además, si se invocara el principio de precaución, habría que seguir los cinco principios generales de la gestión de los riesgos, a saber:

  • la proporcionalidad entre las medidas adoptadas y el nivel de protección elegido;
  • la no discriminación en la aplicación de las medidas;
  • la coherencia de las medidas con las ya adoptadas en situaciones similares o utilizando planteamientos similares;
  • el análisis de las ventajas y los inconvenientes que se derivan de la acción o de la inacción;
  • la revisión de las medidas a la luz de la evolución científica.

Lógicamente, la aplicación general del principio de cautela a los nuevos desarrollos no es compartida por muchas empresas y entidades, que argumentan que supone un freno para las nuevas tecnologías y una traba para el avance de la ciencia, impidiendo que aquéllos desplieguen todos sus efectos beneficiosos.

Ciertamente el equilibrio no es fácil. Muchos de los grandes avances de la humanidad han ocurrido precisamente porque había gente dispuesta a asumir riesgos aunque también hemos padecido problemas importantes derivados de decisiones en las que se no evaluaron conveniente todos los potenciales peligros.

Foto del usuario de Flickr prometheus_lego

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