Las smart cities no son la nueva Arcadia

Las smart cities no son la nueva Arcadia

Todos los municipios de un tamaño mediano y grande aspiran a convertirse en ciudades inteligentes. Es el nuevo mantra. Está de moda y prácticamente cada día vemos anuncios y notas de prensa de nuevas urbes que se vuelven smart como consecuencia de la incorporación de nuevas tecnologías en su gestión.

La tendencia no es española ni europea sino universal. Hace unos meses el nuevo primer ministro indio Narendra Modi anunció un plan para crear nada menos que 100 ciudades inteligentes por todo el país en un intento de acompasar la progresiva urbanización de la población y también con el fin de competir con China, que ha hecho de este tipo de ciudades uno de los ejes de su política.

No hay una definición universal de ciudad inteligente pero en general las que se autodenominan así aspiran a aprovechar todo el potencial de los avances tecnológicos para ahorrar costes, ser más eficientes, proveer nuevos servicios, reducir su huella ambiental y estimular la innovación. En cualquier caso, la pregunta claves es ¿están realmente estas nuevas urbes tecnológicas mejorando la calidad de vida de sus habitantes?

Adam Greenfield, autor de “Against the smart city”, es uno de los más críticos con esta nueva utopía urbana pero hay muchas otras voces que cuestionan el modelo, por ejemplo en A Coruña donde UPyD denunciaba el año pasado que el proyecto se estaba convirtiendo en puro marketing y autobombo en vez de un proyecto TIC metropolitano y que no se veían beneficios claros para los ciudadanos y sí para las empresas a las que se les adjudican los servicios.

Por otro lado, el Centro Nacional de Tecnologías de la Accesibilidad (CENTAC) ha llamado la atención sobre los riesgos de exclusión social para las personas mayores, embarazadas, inmigrantes y personas con discapacidad y sugiere que las administraciones públicas exijan un “Informe de No Exclusión de Grupos en Riesgo”, de la misma forma que se piden otros como el de impacto medioambiental. Un reciente artículo de The Guardian analiza precisamente los riesgos de las nuevas ciudades inteligentes que se están levantando en India y alerta de que pueden convertirse en “apartheid sociales”, gobernados por grandes corporaciones que podrían ignorar o condicionar las normas y gobiernos locales para mantener fuera a los pobres.

The Guardian alerta de otro riesgo: para asegurarse de que el número de infracciones y crímenes de esta “privatopia” es mínimo, alguna de esas ciudades planea dotar a sus residentes con tarjetas de identidad inteligentes conectadas con un sistema de vigilancia constante, lo que puede convertirlas en fortalezas destinadas a una clase específica de las personas, mientras que el resto será monitorizado para anticipar y evitar conductas antisociales. ¿Minority report hecho realidad?

¿Qué datos se van a procesar? ¿Quién va a tener acceso a los mismos? ¿Con qué finalidad se van a utilizar? ¿Hasta qué punto va a ser información anonimizada? ¿Quién se va a responsabilizar de la seguridad de dicha información? ¿Vamos a poder oponernos a que se traten nuestros datos, aunque no sean personales? ¿Ante quién ejercito mis derechos?

Sin duda las cuestiones relacionadas con privacidad van a ser protagonistas en este debate sobre ciudades inteligentes. Y no es un debate teórico sino práctico. No hay más que echar un vistazo a lo que ha pasado en Río de Janeiro. El centro de control que IBM diseñó originariamente como una herramienta para predecir la lluvia y gestionar respuesta a las inundaciones se ha transformado en un panel de control de alta precisión para toda la ciudad. En palabras del alcalde de Río, Eduardo Paes “el centro de operaciones nos permite vigilar cada esquina de la ciudad las 24 horas del día, siete días a la semana”.

¿Qué grado de privacidad estamos dispuestos a sacrificar como ciudadanos? ¿Vamos a aceptar ser tratados como meros avatares por desarrollos como Simudyne que parecen inspirados en el videojuego SimCity?

No perdamos de vista que existe un riesgo adicional: la gestión de las urbes inteligentes está confiada en gran parte a la tecnología. Es una ciudad en beta perpetua en palabras del escritor Leo Hollis. Como se ha demostrado en infinidad de ocasiones los sistemas informáticos fallan y pueden ser hackeados, sobre todo si no están bien diseñados y protegidos.

Cesar Cerrudo, CTO de IOActive Labs, ha recogido en este interesante y documentado informe los problemas de seguridad y potenciales ciberataques que pueden sufrir las ciudades supertecnificadas. Los peligros son numerosos y por eso recomienda que no se implemente ninguna solución técnica que no haya pasado la pertinente auditoría de seguridad que verifique todos sus elementos. Cerrudo concluye que sin los niveles adecuados de seguridad, más que ciudades inteligentes estaremos construyendo infraestructuras críticas tontas y peligrosas.

En lo que coinciden los críticos de estas nuevas urbes es que debemos poner al individuo en el centro del debate y asegurarnos de que las ciudades son para las personas y no al revés. En otras palabras, el urbanismo tener siempre un componente social, como se ha probado en la ciudad colombiana de Medellín con excelentes resultados.

Foto del usuario de Flickr Jamie McCaffrey

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