La robotización y el futuro del trabajo

La robotización y el futuro del trabajo

En el mundo de Goethe el crujido del telar era aborrecido

como un ruido ingrato; en el tiempo de Ulrich comenzaba

a hacerse agradable el canto de las máquinas (…)”

MUSIL, El hombre sin atributos, I, 10.

 

Artículo de Jesús R. Mercader Uguina ([1]), publicado originariamente en “Trabajo y Derecho”, 2017, nº 27, pp. 13 a 24

Resumen: La robótica tiene el potencial necesario para transformar las vidas y las prácticas laborales. Su impacto será cada vez mayor, a medida que se multipliquen las interacciones entre los robots y las personas. Aunque no existe un consenso sobre los efectos que ello tendrá sobre el empleo y nuestros futuros mercados de trabajo, lo que sí es indiscutible es que su impacto será muy importante. Son muchas las dudas que se plantean como consecuencia de ello: ¿Soportará nuestro modelo de trabajo la disrupción digital? ¿Cómo deben distribuirse los beneficios de la robótica? ¿La renta básica universal dejará de ser una posibilidad y pasará a ser una obligación? ¿Debemos seguir inventando? Son preguntas que lejos de resultar ciencia ficción ya esperan respuestas.

Palabras clave: Robótica. Economía digital. Disrupción tecnológica. Empleo.

ABSTRACT: Robotics has enough power to transform both the working lives and the employment practices. Its impact will get bigger as the interactions between robots and people increase. Although there is no consensus about the effect that this phenomenon will have on the employment and the future labor market, what is clear is that it will have a very important influence. There are many doubts arising as a consequence: Will our labor model bear the digital disruption? How should the Robotics’ profits be allocated? The universal basic earning, will not be an option anymore and will become a must? Should people keep inventing? All of this questions are not science fiction; they are waiting for an answer.

KEY WORDS: Robotics. Digital Economy. Technological disruption. Employment.

 

I.- Disrupción tecnológica y el impacto de la robótica en las nuevas formas de trabajo

El cambio tecnológico que estamos viviendo anuncia una transformación disruptiva en los modos y formas de entender en un futuro próximo la idea de trabajo. Estamos en una época caracterizada por una aceleración que nació, precisamente, con la incorporación de la máquina como elemento esencial del sistema productivo y cuya evolución se ha caracterizado por un desarrollo progresivo en el que cada proceso tecnológico ha sido más potente y veloz que el anterior ([2]). La especialidad de esta transformación en relación con los procesos anteriores, la virulencia y velocidad con la que esos cambios se instalan ahora en nuestros sistemas productivos carece, por completo, de precedentes.

Por si fueran pocos, a ellos se unen los cambios que vienen de la mano de la economía digital y, singularmente, las denominadas “tecnologías de plataforma” que estimulan la innovación a través de una amplia variedad de actividades. El “internet de las cosas” y de las “nanocosas” se utiliza para conectar a los empleadores con los empleados, para conectar a los clientes con sus proveedores, y para desarrollar nuevos negocios y modelos de negocio que ofrecen productos y servicios más rápidamente que en el pasado. La “on-demand economy” posee una amplia definición (rental platforms, craft platforms o financing platforms), pero son las plataformas “gig” las que concentran el interés en materia laboral, al permitir a los proveedores individuales proporcionar sus servicios. La que se ha denominado también “Uber economy” ([3]) se basa en plataformas virtuales –páginas web o apps– cuyo objetivo declarado es el contacto directo entre clientes y prestadores de servicio, realidades que ponen en cuestión la forma de entender y comprender el propio modo de la prestación de servicios y, por extensión, cuestionan la vigencia de categorías tradicionales como las de la dependencia. El consumidor puede convertirse en “prosumidor” o microemprendedor, siendo productor u ofertante de un servicio En este contexto, Amazon presenta la primera tienda física sin cajas para pagar.

A ello se unen los profundos cambios en las tendencias y formas sociales que afectarán también profundamente al modo en que habrán de configurarse los mercados de trabajo en los próximos años. Así, se ha dicho que el 65% de los niños que entran en primaria trabajaran en perfiles profesionales que todavía no existen ([4]); el 80% de los millennials (los nacidos entre 1980 y 2000, la primera generación nativa digital) no pisará jamás una oficina bancaria; por otro lado, datos de Naciones Unidas revelan que el número de personas mayores (más de 60 años) crecerá a más del doble en las próximas décadas, pasando de 841 millones en 2013 a 2.000 millones en 2050; el nacimiento de la “silver Economy” o la economía de la tercera edad se otea en el horizonte.

Pero la mayor preocupación viene de la mano de los veloces procesos de robotización y de su impacto en unos debilitados mercados de trabajo marcados por la precariedad laboral y los altos índices de desempleo. Muestra de ello es el interés existente en esta materia y que se pone de manifiesto en el Economic report of the President USA de 2016 en el que se dedica un largo y profundo apartado a esta cuestión ([5]). El impacto de la robotización en el empleo se proyecta en múltiples aspectos que van desde el sistema educativo, pasan por su impacto en los salarios y en la productividad y alcanzan a los potenciales efectos sobre el desempleo tecnológico.

Pero, sin duda, una primera dificultad es determinar que entendemos por “robot”. Según la Enciclopedia Británica, un robot es “cualquier máquina operada automáticamente que reemplaza a la fuerza humana, aunque no se asemeja a los seres humanos en apariencia ni realiza sus funciones de la misma manera”. Merriam-Webster define al robot como “una máquina que se parece a un humano y realiza varios actos complejos (como caminar o hablar) de un ser humano”, un “artefacto que realiza automáticamente tareas complicadas y usualmente repetitivas” y “un mecanismo guiado por controles automáticos” ([6]). Este grado de autonomía hace de la automatización robótica algo diferente de ejemplos históricos de automatización, tales como la sustitución de los tejedores con telares. Algunas de estas máquinas pueden funcionar durante largos períodos de tiempo sin control humano, lo que presagia el surgimiento de una innovación en los procesos y un desarrollo de la productividad. Aunque inicialmente los robots fueron construidos para realizar tareas sencillas, en la actualidad incorporan cada vez más funciones cognitivas derivadas de la inteligencia artificial. Los robots, al igual que otros tipos de automatización, pueden convertirse en complementos necesarios y, en muchos casos, sustitutos de la mano de obra convencional.

La Estrategia 2020 de la UE para la robótica define la evolución actual del modo siguiente: “La tecnología robótica llegará a ser dominante durante la próxima década. Influirá sobre todos los aspectos del trabajo y del hogar. La robótica tiene el potencial necesario para transformar las vidas y las prácticas laborales, para elevar los niveles de eficiencia y de seguridad, para ofrecer mejores servicios y para crear empleo. Su impacto será cada vez mayor, a medida que se multipliquen las interacciones entre los robots y las personas”.

II.- “Tú eres mi creador, pero yo soy tu dueño…” ([7]): Los interrogantes jurídicos de la era posthumana

El creciente protagonismo de la robótica es un hecho que abre un sinfín de dudas e interrogantes que afectan a múltiples aspectos jurídicos, algunos de los cuales poseen una indudable proyección en el campo laboral. Pero, como decíamos en líneas anteriores, la incorporación de los robots a la dinámica de las empresas no es, ni mucho menos, nueva. La sustitución de trabajadores por sistemas tecnológicos avanzados y robots cuenta con numerosos ejemplos en la doctrina de nuestros tribunales ([8]) y se sitúa dentro del más amplio debate que abordaremos en las próximas páginas de su impacto sobre el empleo.

También los robots pertenecen a nuestra realidad próxima, como pone de relieve el importante hecho de que sean contemplados de forma directa como un foco potencial de riesgo. La Directiva 2006/42/CE, relativa a las máquinas, traspuesta en nuestro país por el RD. 1644/2008, es un buen ejemplo que se une a los pronunciamientos judiciales habidos, tanto en nuestro país, como fuera de él, sobre los daños producidos a las personas por robots ([9]). Si bien, de su utilización no solo derivan riesgos. Sus principales ventajas consistirían en reemplazar a las personas que trabajan en ambientes insalubres o peligrosos ([10]). En la industria aeroespacial, de defensa, de seguridad y nuclear, pero también en los sectores de logística, mantenimiento e inspección, los robots autónomos resultan útiles para sustituir a los trabajadores que llevan a cabo labores insalubres, tediosas o inseguras, evitando de este modo exponer a las personas a las sustancias y condiciones peligrosas, y reduciendo los riesgos físicos, ergonómicos y psicosociales ([11]).

Noticias tales como “Un robot opera sin doctor (Los artífices de este nuevo robot consideran que al eliminar la intervención humana de la ecuación quirúrgica, se reducen las complicaciones y mejora la seguridad y eficacia de las intervenciones de tejidos blandos); “Robots colaborativos, nuestros nuevos compañeros”; unidas a preguntas como: “¿equivale la agresión a un robot a la realizada a un compañero de trabajo?”; “¿tendremos jefes robots?”; “¿los Directores de Recursos Humanos seremos gestores de robots?”, ponen sobre la mesa un futuro incierto y que requiere de una profunda reflexión.

El desarrollo de la robótica está poniendo sobre la mesa importantes problemas que se ligan con las complejas consecuencias que plantean en materia de responsabilidad. Muestra de ello es la Propuesta de resolución de la Comisión de Asuntos Jurídicos del Parlamento Europeo con recomendaciones para que la Comisión Europea establezca una normativa de Derecho Civil a los diferentes tipos de robots que ya son una realidad, desde drones hasta  robots asistenciales, médicos y vehículos autónomos, y los que se desarrollen en el futuro ([12]). En su exposición de motivos, la ponencia toma en consideración que “entre las cuestiones que suscitan preocupación, se halla también la de la seguridad física, en caso, por ejemplo, de que la programación de un robot falle, así como la de las posibles consecuencias de un fallo del sistema o de ataques informáticos contra robots interconectados y sistemas robóticos en un momento en el que empiezan a usarse, o están a punto de usarse, aplicaciones cada vez más autónomas, ya sea en relación con automóviles y drones, robots asistenciales o robots utilizados a fines policiales y de mantenimiento del orden público”. En el nivel actual de desarrollo de los diferentes tipos de robots, resulta procedente, en opinión de los juristas del Parlamento, “empezar por las cuestiones de responsabilidad civil”. En la propuesta presentada, se aboga por crear una personalidad jurídica específica para los robots, de modo que al menos los robots autónomos más complejos “puedan ser considerados personas electrónicas con derechos y obligaciones específicos, incluida la obligación de reparar los daños que puedan causar”.

A los anteriores se unen problemas tales como las obligaciones de los trabajadores respecto de los robots humanoides y las posibles sanciones en caso de agresión o destrucción, la posibilidad de atribuir derechos o incluso personalidad a entidades que no son humanas en ciertos casos, lo que nos llevaría a una reformulación y adaptación de ideas como la de la personalidad jurídica y la propia idea de autonomía.

Lo cierto es que, mientras respondemos a nuestras dudas, la realidad sigue adelante sin esperar la respuesta. El automóvil de Google está destinado al transporte urbano individual en distancias cortas, Volvo también está desarrollando camiones sin conductor en el marco del proyecto SARTRE de la Unión Europea (trenes de carreteras seguros para el medio ambiente). Este sistema de piloto de autovía revalorizará de manera significativa el perfil profesional de los conductores. Les evitará la realización de tareas monótonas y les ofrecerá más tiempo para llevar a cabo tareas que antes eran realizadas por los oficinistas de las compañías de transporte. Es decir, “los conductores podrán acceder a nuevos cargos de gestores de transporte, lo que hará más atractiva su profesión. De esta manera, la conducción autónoma podría contribuir a solucionar la carencia de conductores de camiones” ([13]).

III.- ¿Se cumplirá la profecía de Keynes?

El 10 de junio de 1930, J.M. Keynes dictó en la Residencia de Estudiantes de Madrid la conferencia: “Posible situación económica de nuestros nietos”: Predijo que, como consecuencia del incremento de la productividad, nuestra jornada laboral no se extendería más allá de las 15 horas semanales a partir de 2030: se abría así, un período de felicidad para los seres humanos. En 2030, “cada trabajador dispondría de maquinaria suficiente como para hacer de él un superhombre en comparación con su abuelo cien años antes” ([14]). No se equivocaba… Con los datos de la contabilidad nacional, si dividimos el total de horas trabajadas en España el 2015 por la población entre 16 y 64 años, el promedio es de 19,96 horas semanales cuando fueron 22,51 el 2008 ([15]). Dicha profecía ni remotamente tuvo en cuenta el impacto de la robotización ni tampoco los efectos de un mundo sin trabajo.

La literatura más antigua acerca de la automatización puede dar algunas pistas sobre cómo los robots afectarán a los puestos de trabajo en el futuro. Algunos autores argumentan que los llamados puestos de trabajo de cualificación media son los que encuentran un riesgo mayor de desaparición. Estos trabajos, que han incluido históricamente contables, oficinistas, y ciertos trabajadores de las líneas de montaje, son relativamente fáciles de convertir en rutina. Esto dará lugar a que los trabajadores menos cualificados se encuentren abocados a desarrollar actividades con un más bajo nivel de competencias, lo que se traducirá, en el medio y largo plazo, en menores salarios y en unas mayores posibilidades de perder su empleo. Por el contrario, empleos altamente cualificados que implican las capacidades de resolución de situaciones, la intuición y la creatividad, y tareas que se realizan «en persona» y que precisan de ciertas destrezas y habilidades de comunicación social flexible para una mejor prestación de servicios (atención, trato, etc…), son más difíciles de convertir en rutina. Algunos autores señalan que los robots y la informatización no han sido capaces históricamente de replicar o automatizar estas tareas.

Los grandes volúmenes de datos y aprendizaje automático harán que sea posible automatizar muchas tareas que eran difíciles de automatizar en el pasado. En un estudio específico sobre los robots y los puestos de trabajo se demostró que en las industrias con niveles altos de densidad de robots los trabajadores de baja calificación trabajaban un número menor de horas ([16]). Si bien la robótica puede afectar a los sectores industriales de la economía de manera diferente, también es probable que afecte a las ocupaciones dentro de estos sectores de forma diferente.

¿Son los vehículos autónomos, los autoservicios quioscos, los robots de almacén y los superordenadores los precursores de una ola tecnológica de progreso que finalmente va a barrer los seres humanos fuera de la economía? Para Leontieff, la respuesta fue afirmativa: “El papel de los seres humanos como el factor más importante de la producción está destinado a disminuir en la misma manera que el papel de los caballos (…) fue el primero disminuido y luego eliminado”. Pero los seres humanos, por fortuna, no son los caballos, por lo que seguirán siendo una parte importante de la economía. Incluso si el trabajo humano se convierte en menos necesario, los seres humanos, a diferencia de los caballos, podrán impedir llegar a ser económicamente irrelevantes ([17]).

Schumpeter señalaba con acierto que la innovación y la tecnología juegan un papel primordial como motores del crecimiento económico ([18]). Clásicamente, la innovación se asocia a la tecnología y aunque la innovación va mucho más allá, lo cierto es que en estos momentos el progreso tecnológico posee un indudable protagonismo. Desde una perspectiva económica, la innovación puede proyectarse sobre los productos o sobre los procesos operativos o comerciales o, incluso, podemos hablar de innovaciones organizativas. Los estudios empíricos indican en general que la innovación en productos genera empleo mientras que la innovación en procesos destruye empleo.

La industrialización –siendo un proceso de innovación de proceso- ha generado en los países más avanzados un aumento importante de la productividad y, por ende, ha permitido en estos países un nivel de vida antes impensable. Pero este aumento de productividad ha conllevado de forma ineludible un efecto negativo sobre la cantidad de empleo en los sectores donde se aplican estas innovaciones de proceso. El economista Vassily Leontief afirmó que “el papel de los seres humanos como factores más importantes de la producción queda disminuido de la misma forma que inicialmente el papel de los caballos en la industria agrícola, para luego ser eliminados por la introducción de los tractores” ([19]). Por ello, concluía, que “alegar que los trabajadores desplazados por las máquinas encontrarán necesariamente empleo en la construcción de dichas máquinas no es mucho más sensato que considerar que los caballos desplazados por los vehículos mecánicos pueden ser empleados directa o indirectamente en distintos sectores de la industria automotriz”.

La anterior dinámica ha generado dos líneas de pensamiento. En un primer grupo se encontrarían los tecno-optimistas que considerarían la robotización como un “gran bluff” ([20]). Para ellos, el resultado neto entre destrucción de empleo y creación de nuevos empleos de las tres revoluciones industriales pasadas es que al tiempo que creció la productividad creció el empleo. La mecanización de la agricultura expulsó a millones de trabajadores del campo, que encontraron trabajo en la industria. Luego los robots desplazaron a los trabajadores de la industria, que encontraron empleo en el sector servicios, en empleos que hace 40 años eran en muchos casos inimaginables, desde profesores en el gimnasio a “coaches de mindfulness”. Lo más probable es que esto siga sucediendo, es decir que la economía dinámicamente genere nuevos empleos y nuevas necesidades a medida que hay exceso de trabajadores en algunos segmentos. Además, muchos empleos simplemente nunca se automatizarán: bomberos, fisioterapeutas, ortodoncistas y se crearán otros nuevos: científico de datos, programadores, diversos perfiles del campo de la ciberseguridad, consultor de sistemas de big data, desarrolladores, etc… En suma, lo que ha hecho el progreso técnico no ha sido reducir el empleo, sino cambiar su composición ([21]), pero la gran cuestión es si estos nuevos puestos de trabajo se crean con la suficiente rapidez para reemplazar los puestos de trabajo perdidos.

Pero un segundo grupo lo integrarían los tecno-pesimistas, para quienes si bien históricamente la incorporación de la máquina ha sustituido más que destruido el empleo, el cambio al que nos enfrentamos esta vez sí va en serio y puede producir una destrucción masiva de puestos de trabajo. Tanto Jeremy Rifkin como Martin Ford dan cifras escalofriantes: están en riesgo 90 de 124 millones de empleos a escala global; el desempleo tecnológico en los países industrializados podría llegar hasta el 75%. Otros informes también se sitúan en esta línea, en algunas industrias llegarán hasta un 40% de robotización. Se ganará en productividad de manera impresionante y el concepto de competitividad cambiará. El Foro Económico Mundial sobre el futuro del trabajo advierte de que, entre los años 2015 y 2020, la digitalización de la industria puede conllevar la desaparición de 7,1 millones de puestos de trabajo y la creación de 2,1 millones de nuevos empleos. Los expertos de CaixaBank Research pronostican que «un 43 % de los puestos de trabajo actuales en España tienen un riesgo elevado de ser automatizados a medio plazo». A medida que la economía lentamente se reactiva, este componente de desempleo tecnológico puede pesar más de la cuenta: muchos puestos de trabajo que se destruyeron ya no volverán jamás; serán sustituidos por máquinas más eficientes.

La incorporación de nuevos procesos tecnológicos lleva no solo a una pérdida de empleo sino también produce un segundo efecto: la «polarización de la ocupación» ([22]). Esto es, la pérdida progresiva de puestos de trabajo en los sectores con salarios medios. Una de las principales teorías para ex­­plicarlo viene, precisamente, de la mano de la incorporación de las nuevas tecnologías. Las mismas han disminuido la demanda de trabajadores que realizan ta­­reas rutinarias que pueden ser mecanizadas fácilmente, a la vez que ha incrementado la de­­manda relativa de los puestos de trabajo que mantienen una cierta ventaja sobre la tecnología, ya sea porque precisan de mayor creatividad o porque requieren habilidades manuales o interpersonales. Pero la polarización podría llegar más lejos e incluir a sectores altamente cualificados. Buen ejemplo es el robot Watson. Este sistema de tecnología cognitiva que ha construido IBM permite que el robot pueda entender y responder preguntas complejas, planteadas en lenguaje natural, con suficiente precisión y velocidad para competir contra algunos de los humanos con más conocimientos del mundo ([23]).Además, se adapta al individuo que lo usa, con capacidad de relación y razonamiento y también de aprender de la experiencia. Watson pudiera convertirse en un sustituto a largo plazo de los abogados y a medio y corto plazo en una eficaz herramienta de control del razonamiento jurídico. La idea puede resumirse pragmáticamente: “Every minute you spend on legal research is time you can’t bill for” ([24]).

En esta misma línea, hace unos días el diario El País ([25]) informaba que la aseguradora japonesa Fukoku Mutual Life ha reemplazado a 34 empleados de oficinas, los denominados de cuello blanco, por un sistema de inteligencia artificial basado en el IBM Watson Explorer, capaz de calcular los pagos a los asegurados El software instalado leerá decenas de miles de certificados médicos, duración de las estancias en el hospital, las historias médicas y cualquier procedimiento quirúrgico antes de calcular los pagos sin perjuicio de que las sumas no se pagarán hasta que sean aprobadas por un miembro del personal. Añade la noticia que “este no es un caso aislado. Según un informe del Instituto de Investigación Nomura de 2015, cerca de la mitad de los trabajos en Japón podrán ser realizados por robots en 2035”.

Seamos tecno-pesimistas o tecno-optimistas el ser humano deberá diferenciarse de un robot en las tareas tanto personales como intelectuales que desarrolla. Como resume Handy, las personas deberán hacer cosas que las máquinas no pueden hacer ([26]). Pero también las habilidades personales que separan al individuo de la máquina. De enorme interés son los resultados del “Informe ADECCO sobre el futuro del trabajo en España” (2016) ([27]). De acuerdo con el mismo, los expertos en recursos humanos encuestados, entre los que se encuentran responsables de Recursos Humanos de diferentes compañías nacionales e internacionales, creen que las cualidades que deberán reunir los trabajadores en 2025 estarán enfocadas a habilidades transversales que compartan todos los perfiles, independientemente de rangos o de formación concreta. Los criterios de selección del personal más relevantes serán, principalmente, las habilidades personales y las actitudes, les seguirán las competencias transversales resultando cada vez menos relevante la formación académica y la experiencia previa.

IV.- ¿Soportará nuestro modelo de trabajo la disrupción digital?: Empleo débil y precariedad sistémica, dos señas de identidad de un mercado de trabajo incierto

Una de las manifestaciones centrales de la defensa de la vida es el trabajo que el hombre realiza, en unión de otros hombres, para asegurar el mantenimiento y la reproducción física de la especie humana ([28]). El trabajo es, pues, un factor esencial vinculado a la naturaleza humana cuya lógica y función varía en cada escenario. “El trabajo se impone en todas partes como un ideal superior, una ley moral imperativa del hombre y del ciudadano” ([29]). Ciertamente, “exaltando el actuar bajo su forma más amplia, éste ha pasado los límites del mundo y del tiempo de trabajo” ([30]), el actuar siempre y en todo lugar es el modo de ser social.

Aunque Simon Weil había escrito que “la civilización más plenamente humana sería la que situara el trabajo manual en su centro, aquella en la que el trabajo manual constituyera el valor supremo” ([31]), lo cierto es que la decadencia del trabajo manual y el progreso de la técnica es una realidad. Y ello porque aunque, como hemos visto, desde una perspectiva optimista, el incremento de la productividad que estos sistemas llevan consigo pueden conllevar a una fase de desarrollo y, por tanto, de pleno empleo y bienestar social; una lectura menos positiva nos lleva a pensar que la introducción de tecnologías intensivas en el proceso de trabajo puede constituirse en una fuente de destrucción de puestos de trabajo en un momento en que el desempleo alcanza niveles muy elevados. Es éste, precisamente, el escenario al que asoma de forma inquietante el proceso de “disrupción tecnológica” al que nos enfrentamos y que nos obliga necesariamente a repensar la idea tradicional de trabajo. Probablemente a través de estos nuevos sistemas estemos pasando, como se ha dicho, del “outsourcing al botsourcing” ([32]).

No obstante, los condicionantes de nuestros actuales mercados de trabajo pueden producir un efecto de ampliación en el impacto que la tecnología pueda tener en el empleo y en su proyección negativa: el desempleo. Cierto es que el debate sobre las causas del desempleo adopta formas y modos distintos en cada período histórico en función de los factores sociales y económicos de cada momento en cada país ([33]), sin que por ello quepa alcanzar conclusiones generales. Pese a ello, sí existen ciertos rasgos que pueden dotar de cierta homogeneidad a nuestras conclusiones a la hora de abordar la sociedad laboral sobre la que se proyectan los cambios y transformaciones que hemos venido analizando.

Ciertamente, la precariedad ha venido a configurarse como una característica civilizatoria ([34]), en la que el empleo débil aparece como un factor de diferenciación de las sociedades modernas. La precariedad, se ha dicho, “puede ser descrita en su sentido más amplio, como la inseguridad y vulnerabilidad, la desestabilización y la puesta en peligro” ([35]), por lo que ha venido a convertirse en un factor existencial que añade a la incertidumbre propia de la propia vida la que se genera como consecuencia del propio devenir social y laboral. Los factores que activan esta realidad son múltiples pero los más consolidados en los análisis vinculan esta realidad con la temporalidad en el empleo.

Pero también se insertan dentro de esta lógica realidades como la del paro de larga duración, que traza fuertes nexos de unión con los cambios tecnológicos. Y ello porque la persistencia en el paro está causada, según una inicial explicación económica, por una pérdida de cualificaciones profesionales durante recesiones prolongadas y la subsiguiente escasez de capital humano. La probabilidad de obsolescencia en los conocimientos de los trabajadores que sufren situaciones prolongadas de paro es, obviamente, mayor en una época de cambios radicales en la tecnología como la que estamos viviendo.

El anterior dato se recrudece cuando el mismo se proyecta sobre trabajadores de edad madura. La constante innovación tecnológica hace que queden rápidamente desfasadas las soluciones formativas adoptadas en las empresas con vistas al reciclaje del personal a corto plazo, lo que, en situaciones de paro prolongadas, conduce inevitablemente a una notable obsolescencia profesional. Por otra parte, el trabajador maduro, pese a su experiencia, deja de ser una inversión para la empresa y se convierte en una carga. Concurren aquí, de un lado, razones tecnológicas, que motivan un incremento de los costes de adaptabilidad, resultando la inversión en formación de un trabajador maduro más costosa que en los jóvenes, por cuanto su permeabilidad a las enseñanzas es más lenta, al margen de la fuerte inadaptación al nivel profesional exigido derivada de la reducción de capacidad mental y física; y, de otro, razones económicas -la caída en desuso de los conocimientos que poseía el trabajador- con lo que la devaluación de estos trabajadores es constante.

Figuras como la de los “permanentes inempleables”, subrayan esta idea. Bajo la misma se incluye a aquellas personas formadas pero con ninguna posibilidad de encontrar un empleo. Este desempleo estructural ha sido concebido como una forma de explotación, pues se ha entendido que también lo son aquellos a los que se les impide estructuralmente entrar en el vórtice capitalista de explotación del trabajo asalariado: “Los explotados no son solo aquellos que producen o “crean”, sino también (incluso más aún) aquellos que son condenados a no “crear” ([36]). En resumidas cuentas, una sociedad donde la debilidad del empleo es la regla y donde la inseguridad se ha instalado en los mercados de trabajo, son los pantanosos terrenos en los que se sembrará el desarrollo tecnológico en el que nos encontramos inmersos.

Las soluciones para abordar estas nuevas necesidades son diversas pero para plantear respuestas efectivas es necesario partir de una visión real de la situación. En relación con el mercado de trabajo, se vierten con cierto desenfado algunas afirmaciones cuestionables desde la perspectiva económica: “El progreso tecnológico destruye empleo, si las máquinas hacen el trabajo, habrá menos trabajadores ocupados”. “Solo reduciendo la jornada de trabajo, mejorarán las oportunidades de empleo de los parados”.

Detrás de las anteriores afirmaciones está la denominada falacia de la cantidad fija de trabajo (lump of labour fallacy) ([37]). Las falacias constituyen argumentos incorrectos, defectuosos y engañosos, es decir, argumentos de los que ya Aristóteles aseguraba que solo tienen la “apariencia” de tales. Pero es, precisamente, su condición de “argumentos aparentes” lo que los convierte en temibles fuentes de confusión. La idea de que la cantidad de trabajo está determinada exógenamente constituye una de las falacias más conocidas en Economía y, sin embargo, más repetidas en muchas de las propuestas de políticas de empleo. Otro nombre para la falacia en cuestión es “falacia de suma cero”. En la teoría de juegos, un juego suma cero es aquel en el cual la suma del bien ganable de todos los jugadores permanece constante. En otras palabras, todo lo que un jugador gana, es perdido por otro u otros jugadores. El error es creer que la cantidad de trabajo es fija, como un pastel y que, por tanto, de lo que se trata es de repartir bien el pastel para que haya para todos. El error estriba en que no hay tal cosa como una cantidad de trabajo establecida de antemano y los empleos son creados por la inversión en función de la productividad. Si fuera así, bastaría con reducir por ley las horas de trabajo para acabar totalmente con el paro ([38]). Implantar medidas como los fines de semana de tres días se convierte, en una solución a corto plazo, en algo esencial para que la vida sea viable en unas condiciones económicas diferentes ([39]), pero probablemente los problemas en el futuro lleven consigo retos más profundos.

Hacen falta más respuestas pero lo cierto es que las preguntas también han cambiado. En suma, como resumió Benedetti: “Cuando teníamos las respuestas nos cambiaron las preguntas”.

V.- “Cuando teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas”

Se hace necesario, por lo tanto comenzar a construir y a reflexionar sobre posibles soluciones para el caso de que la profecía de Keynes o la afirmación de Leontieff cobraran definitivamente vida y, como algunos autores han venido señalando, el aumento de la mecanización incrementa la eficacia de los procesos productivos a través de una reducción de la energía y de la fuerza de trabajo humana, con la inquietante consecuencia de una liberación de gran parte del trabajo.

Algunos pueden ver aquí el triunfo de quienes han predicado los males del trabajo y han alentado a su definitiva y total abolición ([40]). Pero si los robots terminan por eliminar la necesidad de trabajo humano en grandes masas de población ello llevaría consigo un nuevo “darwinismo” que nos obligaría, esta vez, a atender a las necesidades de subsistencia para ese creciente y progresivo volumen de población que se verá excluida de los mucho más selectivos mercados de trabajo. Dicha realidad viene de la mano de un maltusianismo tecnológico que, aunque queremos defensivamente reconducirlo a la ciencia ficción y al temor distópico, se acerca irremediablemente. Por ello, es necesario afrontar algunos desafíos, entre ellos, uno de los más importantes es el de pensar en cuáles deben ser las políticas públicas más adecuadas para que este mayor bienestar llegue a todas las personas.

  1. ¿Regreso al artesanado?

El “trabajo” y el “trabajador” ([41]) de la era de la técnica adquieren una morfología singular. Las nuevas tecnologías transforman la percepción del trabajo y pueden contribuir a la transformación de los modos de prestación de servicios. Su singularidad pone en cuestión los moldes clásicos de definición no solo de las fórmulas tradicionales de trabajo por cuenta ajena sino, incluso, las de trabajo autónomo tradicional. Se hace necesario reformular su concepción tradicional. En este contexto, el regreso al artesanado marca una senda en esa dirección.

La lucha del artesano con las máquinas se remonta a las páginas de la Enciclopedia de Diderot. La artesanía es, pues, la resistencia silente de la creación humana pues todas las habilidades, incluso las más abstractas, empiezan como prácticas corporales; la comprensión técnica se desarrolla a través del poder de la imaginación ([42]). En una época de transformación tecnológica, la vuelta a la creación paciente del ser humano a la individualización de las creaciones y a la huida de la rutina de la producción en masa puede ser una respuesta al desafío de la robotización.

Buena muestra de esta tendencia viene de la mano de la progresiva expansión de las impresoras 3D cuyas características y forma de producción podrían dar lugar a la formación de un nuevo artesanado. Las mismas permiten un trabajo “sin moldes”, personalizado y basado en el negocio “long tail” ([43]). La misma impresora puede fabricar varios modelos de un mismo producto e, incluso, productos distintos realizados con un mismo material (por ejemplo, una pieza de un coche o de un grifo) durante el mismo periodo de tiempo o ciclo de producción. Permite conseguir diseños exclusivos y adaptados a las necesidades de cada cliente: basta con retocar el archivo digital que contiene la representación del modelo tridimensional que se desea imprimir (blueprint) para modificar el producto que sale de la impresora. El modelo de negocio se basa en el concepto de la “larga cola” (long tail), caracterizado por la abundancia de productos distintos dentro de una misma categoría. La impresión 3D va a aumentar este efecto: permite tener stocks digitales de productos en lugar de stocks físicos, reduciendo así significativamente el capital circulante y acercando el stock virtual al consumidor final (por ejemplo, Amazon y DHL están considerando el uso de impresoras 3D en sus centros de distribución) ([44]).

  1. ¿Tienen que cotizar los robots a la Seguridad Social?

El diario El País del día 17 de octubre de 2016, nos sorprendía en su página 47 con un titular inquietante pero enormemente sugerente: ¿Tienen que cotizar los robots a la Seguridad Social? La pregunta es inteligente por dos motivos. Por un lado, pone sobre la mesa un camino de salida a la crisis de nuestro sistema de Seguridad Social, por otro, plantea la forma y modo de reparto de los beneficios potenciales que pueden producir los incrementos espectaculares de productividad y riqueza que puede generar en el futuro próximo la revolución robótica. Pero si los robots crean los problemas, ¿podrían ayudar a resolverlos?

Martin Ford, uno de los teóricos más influyentes en la literatura sobre robótica de los últimos años se plantea en su obra, “El auge de los robots” ([45]), un nuevo paradigma económico para esta nueva era. En él sitúa la necesidad de costear una renta básica que evitara las posibles desigualdades sociales de la nueva sociedad que está naciendo. El establecimiento de una renta básica, “subsidio universal” o incluso “ingreso de ciudadanía”, supondría garantizar a todas las personas, de forma automática e incondicionada, un ingreso periódico de subsistencia ([46]).

Las justificaciones que se han buscado a la necesidad de implantar este tipo de ingresos básicos se sitúan en la obligación de toda sociedad de asegurar a todos la satisfacción de las “necesidades esenciales” en nombre de la dignidad y de la condición de ciudadanos de los beneficiarios. Sin embargo, los programas de rentas mínimas han sido duramente criticados, pues se consideran instrumentos que pueden subvencionar la ociosidad. El reciente referéndum planteado en Suiza ha puesto sobre la mesa esta cuestión pero, en una sociedad en las que las máquinas asegurarían elevados índices de productividad, ¿sería eso un problema?

Es posible también imaginar un “dividendo robot” ([47]) que permita retornar a la sociedad al menos una parte de los beneficios financieros que generen a través de fórmulas distintas. El estado de Alaska ofrece una posible solución a través del Alaska Permanent Fund. Una parte de los ingresos del petróleo del Estado se deposita en el fondo y, cada mes de octubre, se reparte un dividendo que se le da a cada residente elegible ([48]). Esta solución es fruto de la acción humana a través de una decisión democrática. Todo ello pone de manifiesto que cuanto mayor y más complejo resulte el edificio de la civilización en la que habitamos, más necesario será conocer los límites y los fines de nuestras “democracias” ([49]). En esta línea podrían situarse otras opciones vinculadas al desarrollo de diversos impuestos…

Por otro lado, si, como irónicamente definió el escritor inglés Chesterton, la tecnología es “un conjunto de conocimientos que reduce el número de trabajadores… y de dueños”, por qué no pensar en que los seres humanos sean propietarios de robots y éstos trabajen para ellos. La resurrección de esta nueva forma de esclavitud no se separa mucho de la mentalidad de las sociedades griega y romana antigua cuando la vida privilegiada del ciudadano dependía del sudor de aquel puro ganado humano, totalmente desprovisto de derechos civiles y concebido como mera mano de obra (“herramientas que hablan”, en palabras del erudito romano del siglo I a. C Varrón), que eran los esclavos ([50]). No es necesario recordar la enorme riqueza y el impacto económico que tuvo en la economía y, en general, en el desarrollo de nuestra civilización esta terrible forma de explotación ([51]). Tampoco debe olvidarse la realidad de una sociedad romana en la que los tiempos de ocio superaban a los tiempos de actividad. El trabajo de los esclavos dejaba a los ciudadanos libres enormes periodos de inactividad ([52]).

Todo ello nos puede llevar a la necesidad de una profunda reflexión sobre el valor del ocio en el futuro. Así, se ha propuesto en vez de trabajar más horas con pocos resultados productivos adoptar una semana laboral más corta y contribuir a salvar nuestro planeta a través de una reducción notable del consumo de energía y nuestro bienestar. Una sociedad que, como se anticipó hace años, parece dirigirse del paro al ocio ([53]).

Si, como siempre, la luz cegadora de Nietzche tiene razón, esta opción vendría a confirmar el instinto natural en el hombre. En su Tercera consideración intempestiva, afirmaba que: “al preguntársele cual era la característica de los seres humanos más común en todas partes, aquel viajero que había visto muchas tierras y pueblos, y visitado muchos continentes respondió: la inclinación a la pereza”. La distopía WALL-E sugiere, no obstante, los efectos sobre las personas de un mundo de tecnología avanzada en el que el ocio es la única forma de vida. ¿Quizá estemos yendo muy lejos al imaginar una sociedad enteramente ociosa?

  1. Los espectros de Ludd: ¿Debemos seguir inventando?

En este contexto, la respuesta social a estos cambios nos puede retrotraer a las que se dieron durante la primera de las revoluciones industriales: la reacción luddita. Este movimiento rechazaba el porvenir, a través de la destrucción de las fábricas que consideraba prisiones y del rechazo del trabajo asalariado que presentían como una nueva forma de esclavitud, sin plantear alternativas. Este modo de pensar escenifica lo que ha calificado el filósofo francés Onfray como la política del rebelde ([54]). Los “espectros de Ludd” ([55]) adquieren nuevos perfiles en la actual sociedad tecnológica pues la negación de la evidencia sigue y seguirá constituyendo una reacción propia del género humano, incluso, en la era de lo posthumano ([56]). Las nuevas tecnologías están provocando en la actualidad una alteración del mercado de trabajo pero una reacción luddita no lo evitará. Por el contrario, el entorno en el que se produzca este cambio y cómo reaccionen los actores influirán en el alcance y la manera en que se materialice este potencial de crecimiento, sobre todo a corto plazo.

Aunque, como decimos, las preguntas son muchas, haremos una última: ¿Debemos seguir inventando? La “heurística del miedo” sugiere que nuestras intervenciones tecnológicas se atemperen y sean guiadas por una “futurología comparativa” que contemple el peor de los escenarios. Uno de los “hijos de Heidegger” ([57]), Hans Jonas, en su obra “El principio de responsabilidad” ([58]), trató de hacer frente a las repercusiones morales de la inaudita capacidad tecnológica. La arrolladora velocidad del cambio tecnológico hace de la anterior pregunta una auténtica duda existencial. Está claro que deberemos seguir buscando respuestas…

Foto del usuario de Flickr whitefrosty

[1] Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad Carlos III de Madrid. Las siguientes reflexiones son una versión extendida de mis intervenciones en el Workshop “On Social aspects of robotics”, RoboCity2016, organizado por Centre for Automation and Robotics CAR (CSIC-UPM) y RoboCity2030 Consortium y en la sesión “La automatización creciente en el mercado laboral. ¿Nos van a quitar el trabajo los algoritmos?”, en “Robotiuris: I Congreso de los aspectos legales de la robótica”, organizado por Fundación para la Investigación del Derecho y la Economía (FIDE). Agradezco a Carlos Balaguer, Catedrático de Ingeniería de Sistemas y Automática en la Universidad Carlos III de Madrid sus muchas enseñanzas en materia de robótica y el haberme introducido en este fascinante mundo y a Alejandro Sánchez del Campo su amable invitación para participar en la primera edición de “Robotiuris”.

[2] L. CONCHEIRO, Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante, Barcelona, Anagrama, 2016, pp. 26 y 29.

[3] De gran interés es el estudio de V. DE STEFANO, The rise of the «just-in-time workforce»: On-demand work, crowdwork and labour protection in the «gig-economy», Conditions of Work and Employment Series nº 71, International Labour Organization, 2016, p. 2. En nuestro país, A. TODOLI, El impacto de la “Uber economy” en las relaciones laborales: los efectos de las plataformas virtuales en el contrato de trabajo, IUSLabor, 3/2015, pp. 6-8 y A. GINÈS I FABRELLAS, S. GÁLVEZ DURAN, Sharing economy vs. uber economy y las fronteras del Derecho del Trabajo: la (des)protección de los trabajadores en el nuevo entorno digital, InDret, 1/2016, pp. 27-30.

[4] ¿Cómo formarse en profesiones que todavía no existen?, Cinco Días, 2 de febrero de 2016.

[5] www.whitehouse.gov/administration/eop/cea/economic-report-of-the-President/2016.

[6] Sobre el concepto de robot, A. ORTEGA, La imparable marcha de los robots, Madrid, Alianza Editorial, 2016, pp. 14-16.

[7] MARY W. SHELLEY, Frankenstein o el moderno Prometeo, Barcelona, Literatura Randon House, 2015, p. 259.

[8] Así, se considera que constituye causa para el despido objetivo la incorporación de robots al proceso productivo (STSJ Castilla y León/Burgos, de 23-7-2009, JUR 361518). Varios ejemplos se recogen también en M. LUQUE PARRA, La introducción de las nuevas tecnologías y la extinción del contrato por causas objetivas, en S. DEL REY GUANTER (Dir.), Relaciones laborales y nuevas tecnologías, Madrid, La Ley, 2005, pp. 247 y 248.

[9] En la STS 20-1-2010  (RJ 2010/3110) se considera imprudencia temeraria del trabajador el entrar en la zona de riesgo y procede por su cuenta a realizar una serie de operaciones bajo el alcance del robot”. Igualmente, la STSJ Galicia 29-4-2011 (AS 2011\1768), analiza los daños a un trabajador por atrapamiento por un robot.  En Francia, la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, en su Cass. crim., 30-9-2003, n° 02-87666, condenó al director de una planta de fabricación de envases y de supervisión tras la muerte de un trabajador aplastado entre la parte fija de un molde y la parte móvil del robot acoplado a una prensa hidráulica. Una importante repercusión mediática tuvo la noticia según la cual “un robot mata a un trabajador en una planta de Volkswagen” [El País, 2 de julio de 2015]. Algunos países europeos están incluyendo la robótica en sus programas nacionales, y tratan de promover la cooperación segura y flexible entre los robots y los operadores para lograr una mayor productividad. Por ejemplo, en Alemania el Instituto Federal para la Salud y Seguridad en el Trabajo (BAuA) organiza anualmente seminarios sobre el tema «cooperación entre los humanos y los robots».

[10] Me viene de inmediato a la mente el artículo del número de diciembre (2016) de National Geographic, “Apocalipsis blanco”. En el mismo se relata la vida en Norilsk, uno de los mayores núcleos de población situados en el círculo polar Ártico. La mina a cielo abierto de Medvezhii Ruchei opera las 24 horas del día e incluso con temperaturas de – 50º grados. En la fundición, los operarios trabajan con mascarillas y respiran con tubos conectados a botellas de oxígeno. La esperanza de vida es de 50 años. Buen espacio para el trabajo de los robots pero no de los seres humanos.

[11] Documento de debate, Una revisión sobre el futuro del trabajo: la robótica https://osha.europa.eu/en/tools-and-publications/seminars/focal-points-seminar-review-articles-future-work.

[12] Proyecto de Informe con recomendaciones destinadas a la Comisión sobre normas de Derecho civil sobre robótica (2015/2103(INL))

[13] H. VON ROHLAND, El futuro del trabajo. De camionero a gestor del transporte, Trabajo. La Revista de la OIT, 2015, p. 9

[14] Como resume R. HEILBRONER, Los filósofos terrenales, Madrid, Alianza Editorial, 2015, p. 427.

[15] L. TORRENS, E. GONZALEZ DE MOLINA, La garantía del tiempo libre: desempleo, robotización y reducción de la jornada laboral, en http://www.sinpermiso.info/.

[16] G. GRAETZ, G. MICHAELS, Robots at Work, Centre for Economic Performance Discussion Paper No. 1335, London School of Economics, 2015.

[17] Las citas corresponden a E. BRYNJOLFSSON, A. MCAFEE, Will Humans Go the Way of Horses? Labor in the Second Machine Age. https://www.foreignaffairs.com/articles/2015-06-16/will-humans-go-way-horses

[18] Un detenido análisis de las ideas de desarrollo e innovación en el pensamiento de SCHUMPETER puede hallarse en X. VENCE DEZA, Economía de la innovación y del cambio tecnológico, Madrid, Siglo XXI, 1995, pp. 106-143.

[19] En la cita de J. RIFKIN, El fin del trabajo. Nuevas tecnologías contra puestos de trabajo: el nacimiento de una nueva era, Barcelona, Paidos, 1998, p. 26.

[20] En la calificación de L. TORRENS, E. GONZALEZ DE MOLINA, La garantía del tiempo libre: desempleo, robotización y reducción de la jornada laboral, en http://www.sinpermiso.info/. También se refiere a los tecnooptimistas, A. ORTEGA, La imparable marcha de los robots, cit., p. 115.

[21] S. BENTOLILA y J. F. JIMENO, ¿Nos van a quitar las máquinas de trabajar?, en nadaesgratis.es/

[22] Al respecto, CES, Informe sobre competencias profesionales y empleabilidad, Madrid, CES, 2015, p. 24-30.

[23] https://www.unocero.com/2016/05/17/la-super-computadora-watson-se-convierte-en-abogado/

[24] http://www.rossintelligence.com/

[25] El País 5 de enero de 2017 en un artículo titulado “La robótica también sustituye a los empleados de cuello blanco”.

[26] C. HANDY, The second curve. Thoughts on Reinventing Society, London, Penguin Random House, 2015, p. 58.

[27] http://www.adecco.es/

[28] Como decía MARX, “el primer acto por el cual los hombres se distinguen de los animales no es que piensan, sino que se ponen a producir sus medios de existencia”, en la cita que reproduce J. BAUDRILLARD, El espejo de la producción, Barcelona, Gedisa, 2000, p. 18.

[29] G. LIPOPVETSKY, El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos, Barcelona, Anagrama, 1998, p. 173.

[30] P. SANSOT, Del buen uso de la lentitud, Madrid, Tusquets, 1999, p. 31.

[31] S. WEILL, Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social, Madrid, Trotta, 2015, p. 37.

[32] A. WAYTZ, M. I. NORTON. Botsourcing and Outsourcing: Robot, British, Chinese, and German Workers Are for Thinking—Not Feeling—JobsEmotion, 2014, nº 2, pp. 434–444. Puede encontrarse en http://www.hbs.edu/faculty/Pages/

[33] R. LAYARD, S. NICKELL, R. JACKMAN, La crisis del paro, Madrid, Alianza Editorial, 1996, p. 20.

[34] En relación con la precariedad laboral, existe una amplia literatura pero a mí me ha resultado especialmente sugerente la lectura del libro de G. STANDING, The precariat. The new dangerous class, Bloosmsbury, 2011. La idea del empleo débil que incidentalmente aparece en nuestras páginas procede del clásico de L.E. ALONSO, Trabajo y posmodernidad: el empleo débil, Fundamentos, 2000

[35] I. LOREY, State of insecurity. Government of the precarious, London, Verso, 2015, p. 10.

[36] S. ZIZEK, Menos que nada. Hegel y la sombra del materialismo dialéctico, Madrid, Akal, 2015, p. 1089.

[37] P. SCHWARTZ. Las reducciones forzadas de la oferta de mano de obra para combatir el paro,  Cuadernos de Ciencias Económicas y Empresariales,  1979, nº 5, págs. 199-230. En el blog “Nada es gratis” la entrada, Aprendiendo a sumar (I): La falacia de la cantidad fija de trabajo.

[38] Para una reflexión de conjunto sobre estas ideas nos remitimos a J.R. MERCADER UGUINA, Se buscaEl mercado de trabajo en España, Barcelona, Debate, 2014, en concreto el apartado: ¿Trabajar menos para trabajar todos?

[39] Como proponen, N. SRNICEK, A. WILLIAMS, Inventing the Future: Postcapitalism and a World without Work, London, Verso, 2015.

[40] Provocadora pero verdaderamente divertida es la obra de B.BLACK, La abolición del trabajo, Pipas de Calabaza, 2013 que nos actualiza la clásica de P. LAFARGUE, El derecho a la pereza, Madrid, Fundamentos, 1980. Obra que veía, precisamente, en la máquina “la redentora de la humanidad, el Dios que liberará al hombre de las sordidae artes y del trabajo asalariado, el Dios que le dará el ocio y la libertad”.

[41] Un trabajador esperemos que alejado de la noción que construyera E. JUNGER, El trabajador, Dominio y figura, Barcelona, Tusquet, 1990. El trabajador es la figura resultante del proceso de depuración del hombre por la técnica y que daba lugar a un nuevo “Estado de trabajo”, un Estado autoritario e hiperjerarquizado que debía gobernar a los trabajadores soldados. El trabajo, además, no es solo la participación en el proceso productivo, el tiempo libre forma parte de aquél pues “el espacio de trabajo es ilimitado, de igual manera que la jornada de trabajo abarca veinticuatro horas. Lo contario del trabajo no es acaso el descanso o el ocio; no hay, desde este ángulo de visión ninguna situación que no sea concebida como trabajo” (p. 91)

[42] R. SENNET, El artesano, Barcelona, Anagrama, 2009.

[43] Las ideas siguientes proceden de M. SACHON, Impresión 3D: La digitalización de la fabricación, Revista de Antiguos Alumnos del IESE, 2016, nº 141, pp. 26-29.

[44] M. SACHON, Impresión 3D: La digitalización de la fabricación, cit.

[45] M. FORD, El auge de los robots, Barcelona, Paidos, 2016, pp. 252-253.

[46] La literatura sobre esta materia es muy amplia y pueden encontrarse en internet reflexiones de gran interés. Magnífico ejemplo es el trabajo de J. GIMENO ULLASTES, Aproximación a una Renta Básica Sostenible [en http://www5.uva.es/jec14/comunica/A_EByRB/A_EByRB_9.pdf]. Las bases para tener una conciencia precisa de esta cuestión pueden hallarse en el libro clásico de D. RAVENTOS, El derecho a la existencia, Una propuesta del subsidio universal garantizado, Ariel, 1999.

[47] E. BRYNJOLFSSON, A. MCAFEE, Will Humans Go the Way of Horses?, cit.

[48] Como recoge Wikipedia, es un fondo de fideicomiso gestionado por la Alaska Permanent Fund Corporation, propiedad del Estado de Alaska, que opera con el dinero procedente de al menos el 25% del capital que genera la explotación de minerales y petróleo en el Estado. La peculiaridad de este fondo reside en que constituye uno de los principales incentivos para los residentes en Alaska, ya que toda persona que resida legalmente durante un mínimo de 6 meses recibe un dividendo correspondiente a una parte del rendimiento medio del fondo durante los últimos cinco años. En 2008, el pago ascendió a 2.069 dólares. En 2014, este dividendo fue 1.884. Desde sus orígenes, este fondo ha sufrido muchas modificaciones, representando actualmente una cartera diversificada a escala mundial por un importe superior a los 23.000 millones de dólares.

[49] Como declina en plural, F. REQUEJO COLL, Las democracias, Barcelona, Ariel, 1994.

[50] M. BEARD, J. HENDERSON, El mundo clásico: Una breve introducción, Madrid, Alianza Editorial, 2016, p. 83.

[51] Como punto de referencia del beneficio económico producido, tómese en cuenta que en 1999 la African World Reparations and Repatriation Truth Commission exigió a Occidente el pago de 777.000.000.000.000 dólares a los países africanos que fueron esclavizados durante el periodo colonial. Dicha reclamación se basaba en el número estimado de vidas perdidas en África durante el período en el que se produjo el comercio de esclavos, así como una evaluación del valor del oro, diamantes y otros minerales obtenidos del continente durante el período de dominio colonial. Al respecto, http://www.reparations.org/why-reparations/history-of-reparations/

[52] El calendario romano tenía unos 200 días festivos. Durante la Edad Media, se calcula que apenas se trabajaba más de la mitad de los días del año. Los días festivos oficiales sumaban 141. “La monstruosa extensión del día laboral es característica del comienzo de la revolución industrial”, cuando los trabajadores tuvieron que competir con la introducción de nuevas máquinas, como recuerda H. ARENDT, La condición humana, Barcelona, Paidos, 1998, p. 155-156.

[53] Tesis anticipada en su día por L. RACIONERO, Del paro al ocio, Barcelona, Anagrama, 1990.

[54] M. ONFRAY, La política del rebelde. Tratado de resistencia e insumisión, Madrid, Anagrama, 2011, p. 282, quien no duda en afirmar que: “en estos tiempos sombríos harían falta el espíritu y la acción de nuevos ludditas, cuya voluntad de fuego furioso suscribiría yo de muy buen grado…”.

[55] J. VAN DAAL, La cólera de Ludd, Logroño, Pepitas de Calabaza, 2015, pp. 291.

[56] Como la ha calificado, R. BRAIDOTTI, Lo posthumano, Barcelona, Gedisa, 2015.

[57] R. WOLIN, Los hijos de Heidegger. Hannah Arendt, Karl Lowith, Hans Jonas y Herbert Marcuse, Barcelona, Cátedra, 2003.

[58] H. JONAS, El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica, Barcelona, Herder, 1995.

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