¿Estamos perdiendo el control?

¿Estamos perdiendo el control?

Creo que mi naturaleza replicante y mis artículos en este foro hacen que no sea sospechoso de ser tecnófobo pero algunos regalos de Reyes que he visto recientemente me han dejado preocupado. Me refiero a juguetes que requieren que descargues la correspondiente aplicación del fabricante para poder disfrutar de todas sus funcionalidades. Un ejemplo de lo dicho: “si quieres aprovechar al máximo toda la diversión que ofrece el robot MiP, descárgate la app para tu smartphone que te permite conducir, bailar, pelear, jugar y mucho más”. La estrategia es redonda para el fabricante: se ahorra incluir mando a distancia y encima puede tener datos del uso que se hace de su juguete.

No cabe duda de que la mayoría de los adultos estamos enganchados al móvil. No hace falta aportar datos ni estadísticas porque todos los días vemos a nuestro alrededor comportamientos como los que muestran en este vídeo. Elvira Lindo lo ilustra de una manera muy descriptiva en su reciente artículo “La familia empantallada”. Hasta hace poco, en los restaurantes las familias charlaban y disfrutaban de la comida. Ahora parece que lo que se ve en la pantalla de un móvil o tableta es mucho más interesante que lo que se tiene delante de las narices. ¿Estamos perdiendo el control?

El escritor americano Nicholas Carr (autor, entre otros, del libro “Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras mentes”) lleva tiempo alertando de los peligros que encierra esta tendencia. Carr habla de complacencia automatizada para referirse al hecho de que confiamos en que la máquina lo resolverá todo, nos encomendamos a ella como si fuera todopoderosa, y dejamos nuestra atención a la deriva, como cuando escribimos en el ordenador sin prestar mucha atención, asumiendo que el corrector ortográfico de Word adaptará el texto y nos librará de faltas o erratas. Estamos perdiendo facultades por no ejercitarlas.

En cualquier caso, me parece que el problema mayor no está en los adultos sino en los niños y adolescentes. Ellos son nativos digitales y nosotros no. Sin embargo, el hecho de haber nacido analógicos tiene una gran ventaja: podemos recordar los tiempos en los que no existía el móvil -¡ni siquiera internet!- en los que leíamos un libro, nos entreteníamos con juegos y conversaciones presenciales o directamente nos aburríamos. Mis hijos no me creen cuando les digo que yo tuve mi primer móvil con casi 30 años. Para la mayoría de niños entre 13 y 18 años, el smartphone y la tableta parecen extensiones de su cuerpo. A través de estos aparatos escuchan música, consultan información, juegan, ven vídeos, suben fotos y comentarios a las redes sociales, hacen selfies o chatean con sus amigos. Simplemente no conciben la vida sin esos dispositivos conectados.

Dos de cada tres niños menores de 15 años disponen de móvil, según las últimas estadísticas. Perturbador. Pero, ¿qué podemos hacer los padres en este contexto? Como bien apunta José Fernández vía Twitter si nosotros adultos no nos despegamos de nuestro móvil y no les atenderemos correctamente, ellos tenderán a ver ese comportamiento como un modelo a seguir. Coincido con José cuando dice que donde esté una mirada, una conversación o un abrazo jamás llegará la pantalla de un móvil. En nuestra mano está que sepan apreciarlo, valorarlo y cuidarlo, o que nunca lleguen a saber lo que significa, de verdad, la vida. Somos nosotros, como padres/tutores/educadores quien debemos poner un punto de responsabilidad y, además de educar digitalmente a nuestros menores, proporcionarles un modelo de comportamiento que compatibilice los ingentes beneficios que nos aporta la conectividad total con el cultivo de las relaciones personales, las actividades y aficiones relativas al mundo real y recupere la interacción directa entre las personas.

No comparto el comentario derrotista que he escuchado algunas veces de que los niños manejan los dispositivos, servicios y aplicaciones mejor que los adultos y que los progenitores no les podemos enseñar nada y sólo podemos ir a rebufo. Nada más lejos de lo que debe ser nuestra función de tutela firme, decidida y afectuosa hacia nuestros menores. Los padres podemos y debemos entender cómo funcionan dispositivos, aplicaciones, redes sociales y los servicios que ellos usan con mayor asiduidad. Sólo de esa manera tendremos la opción de trasladarles los consejos que necesitan para manejarse adecuada y responsablemente en el mundo virtual. Podemos y debemos, sin duda, adiestrarles en la gestión razonable y sin riesgo de móviles, “smart devices” y redes sociales; advertirles de las consecuencias de una “indigestión digital” a la que están expuestos; ilustrarles sobre las bondades y ventajas del mundo digital aconsejando sobre el buen y mal uso (desmedido o incorrecto) de las nuevas tecnologías y afianzarles en su capacidad de discriminación de información a la que tienen acceso.

Como señala Susana González, antaño la brecha entre padres e hijos se solía situar en una falta o deficiente comunicación, lo que alejaba a unos de otros hasta el punto de producir sorpresas. Actualmente, la brecha es digital y es ahí donde como padres responsables debemos estar lo suficientemente informados como para ser nosotros quienes presentemos a nuestros hijos esas herramientas, acompañarles a potenciar sus ventajas y minimizar los riesgos.

Es evidente que en ese acompañamiento somos los padres quienes hemos de marcar unas pautas. ¿Cuántos conocidos socios de grandes firmas ni saben que sus hijos menores de 13 años llevan 3 compartiendo sus fotos más explícitas en Instagram?. Y lo que es peor, ¿Cuántos son los que desde que nacen sus bebés suben a Facebook las fotos de sus hijos sin plantearse si quiera que no tienen la edad legal para hacerlo por sí mismos y, sin embargo, están diseñando su identidad digital?.

En opinión de Susana existe una brecha importantísima en los profesionales de la educación, con carácter general. Se están haciendo grandes esfuerzos por actualizarles y formarles en las ventajas y riesgos de las herramientas digitales; sin embargo, la gran carencia se halla en la forma en la que después los educadores comunican a los menores y adolescentes lo aprendido. Observamos profesores que, en ánimo de alertar de los riesgos existentes en, por ejemplo, consabidas páginas que hacen apología de la anorexia/bulimina y todas las tendencias al auto-castigo, en lugar de mostrar realmente los peligros de forma clara y contundente, les invitan a visitar esas páginas convirtiendo la investigación por parte de los menores en un incremento de la popularidad de esas webs contra las que se lucha por su suspensión o cierre. Queda mucho camino por recorrer en la valoración de las consecuencias tanto en padres como en educadores, y es ahí donde nos pueden llevar la delantera en perjuicio de su educación.

En definitiva, nos guste o no, nos toca darles al menos unas nociones básicas de “educación digital”, acompañarles en el descubrimiento de ese mundo incorporado a su crecimiento integral, mientras les transmitimos unos “valores digitales” (que no son sino una adaptación revisada de los perpetuos valores educativos universales). Nos jugamos mucho en que la Generación Z entienda, por un lado, los peligros y, por otro, el tremendo potencial del mundo virtual que nos ha tocado vivir.

Artículo escrito con la colaboración destacada de dos grandes del mundo digital: Susana González (SusanaCyZ) y José Fernández (JFS_1969). #zaragozapower.

Foto del usuario de Flickr futurestreet

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